SUITE VEINTIUNO

Escrito por Mitamarco 21-09-2014 en SUITE VEINTIUNO. Comentarios (0)

                                                 PRÓLOGO

Todo sucede por alguna razón. En ocasiones para enseñarnos una lección, para descubrir quiénes somos en realidad y ayudarnos a alcanzar lo que deseamos. Hay quien lo llama “destino”

Del mismo modo ocurre con las personas. Llegan a nosotros sin que nos demos cuenta, pero cuando fijas tus ojos en ellos sabes que afectarán a tu vida de una manera profunda. Al menos de ese modo me ocurrió a mí.

Me llamo Miriam Álvarez y te voy a contar la historia del verano en el que cambió mi vida.

Acababa de terminar el último año de derecho, con unas notas inmejorables. Tenía veintisiete años, unas enormes ganas de comerme el mundo con mis logros y nada de dinero en los bolsillos con el que intentarlo.

Quería especializarme en derecho internacional y para ello debía asistir a un máster, durante todo un año, por el que tenía que pagar una cantidad estratosférica, a pesar de tener una beca que costeaba casi la mitad. Y claro, ni yo tenía ese dinero…ni en casa podían ayudarme a conseguirlo. Así que aceptaba un trabajo tras otro para intentar reunirlo y así cumplir mi sueño.

Fue gracias a una de mis dos mejores amigas que conseguimos trabajo en el complejo hotelero Atlántida, situado en la Ciutadella de Menorca, en una de las islas Baleares. El sueldo estaba muy bien, teníamos contrato y disponíamos de una habitación para alojarnos, además de la dieta alimentaria incluida. En definitiva, una oportunidad que no podíamos dejar pasar.

La mañana que embarcamos en el avión estábamos pletóricas. Nada más subir nos informaron de que, por un error con los ordenadores, habían vendido más plazas de las que realmente había. Así que nos tocó montar en primera clase. Los sillones eran comodísimos, podíamos estirar las piernas sin molestar a los de la fila de delante y teníamos una pequeña pantalla de televisión para cada una.

—Parecemos de la “Jet Set” —exclamó mi amiga Maite con una sonrisa enorme—. Ni la mismísima Carolina de Mónaco nos mete mano.

—Claro, sobre todo después de gritarle como una loca al piloto y acordarte de toda su familia cuando nos han dicho que no teníamos asientos —reí al recordar la escenita que había montado.

Mi amiga rio de muy buen humor. Cada vez que lo hacía se le marcaban a cada lado de la boca dos pequeños hoyuelos que, sumados a sus preciosos ojos avellana y su cabello castaño, la hacían parecer una niña traviesa que acababa de cometer alguna travesura.

—¡Esto hay que celebrarlo! ¡Azafata, un Larios con Coca-Cola! —exclamó.

—¡Maite, que eso tienes que pagarlo! Estás en primera clase pero no llevas una pulserita de “todo incluido” —la avise—. La bebida en los aviones cuesta un ojo de la cara.

—Un día es un día —declaró, mientras cogía el vaso que le tendía la mujer—. ¿Cómo está la zombie? ¿Sigue sin dar señales de vida?

Giré la cabeza hacia mi izquierda y observé a Bego. Estaba sentada muy tiesa, con los ojos cerrados con fuerza y una mueca angustiosa en los labios. La palidez de su cara, sumada a la espesa negrura de su cabello, la hacía parecer un espectro. En su estado normal era la más guapa de las tres. Tenía unos labios gruesos y sonrosados, un cuerpo esbelto y un culo que ni la mismísima Jennifer Lopez. Pero en esos momentos su rostro estaba deformado por el miedo, era su primera vez en avión y lo estaba pasando fatal.

—¿Te encuentras mejor? —dije, aun sabiendo que no era así.

—¿Cuánto falta para llegar? —preguntó con un hilo de voz.

—Diez minutos, ya casi estamos.

—Cuando aterricemos te juro que voy a besar el suelo.

—¡Y yo! ¡Esto es fantástico! —declaró sonriente Maite, después de darle un gran trago al cubata—. Va a ser un verano genial.


                                                                      1 CAMARERAS


-¡Corre, Miriam, corre que no llego! —exclamó Bego con el rostro desencajado.

Cruzamos como rayos el larguísimo y estrecho pasillo, cargadas con una maleta cada una, hasta que llegamos a la habitación que teníamos asignada. Cuando conseguimos abrir la puerta mi amiga dejó la maleta caer al suelo y se metió al pequeño cuarto de baño con el alivio reflejado en la cara.

El tiempo que tardó en salir del aseo lo aproveché para explorar aquel diminuto dormitorio, el que sería nuestro hogar durante los siguientes dos meses. Los únicos muebles que allí había eran tres camas, sus respectivas mesillas de noche y un armario. Me senté en una de las estrechas camas y sonreí al recordar el impulso que nos había llevado a coger el primer avión para llegar hasta Ciutadella.

Bego salió cinco minutos después del aseo y cerró la puerta tras de sí.

—Yo que tú no entraría hasta dentro de un buen rato —me recomendó con una sonrisa en los labios—, ahora mismo el aseo es zona radiactiva.

—¡Qué poco has tardado en marcar tu territorio! Eres como los gatos —bromeé.

—¿Cómo los gatos? ¿Noble y juguetona?

—No, más bien arisca, cabezona y territorial.

Mi amiga cruzó los brazos sobre el pecho fingiendo enfado pero a los pocos segundos estalló en carcajadas. Comenzamos a reírnos de nuestras ocurrencias hasta que la puerta volvió a abrirse. Por ella apareció Maite, cargada con su correspondiente maleta y unos cuantos mapas del hotel y la isla.

—Tomad —repartió los folletos—, me los acaba de dar el encargado de personal y me ha dicho que en quince minutos tenemos que presentarnos en el hall para que nos explique  en qué va a consistir nuestro trabajo —dejó la maleta apoyada contra la pared con un suspiro de satisfacción. Observó la habitación con curiosidad y abrió la puerta del cuarto de baño para echarle un vistazo, pero cerró enseguida con una mueca de asco—. ¡¿Qué coño es ese olor?!

—Bego ha plantado el primer pino de la temporada —dije muerta de risa al ver la cara de repulsión de mi amiga.

—¡Joooder, tía, estás podrida! —exclamó Maite tapándose la nariz con la mano—. No has perdido el tiempo…

—¿Y yo qué quieres que haga? Son los nervios, es la primera vez que dejo mi casa tanto tiempo —se excusó abriendo los brazos en cruz—. Nunca antes había montado en avión y para colmo no voy a ver a mi Pichurrín en todo el verano.

—Pues cálmate, porque me niego a soportar  este olor todos los días.

Mientras aquellas dos seguían discutiendo sentí una vibración contra mi muslo. De forma mecánica introduje la mano en el bolsillo del pantalón y saqué mi teléfono móvil. Tenía un mensaje de texto de mi padre, me deseaba buena suerte y me advertía  que llevase mucho cuidado.

—Eh, Miriam, ¿te falta mucho? —preguntó Maite mientras yo respondía al mensaje de mi progenitor—. Nos tenemos que ir ya.

—Ya he terminado, vámonos —le sonreí mientras guardaba el móvil.

En el lujoso hall esperamos con nerviosismo a que llegara el encargado de personal para que nos asignase un puesto de trabajo. Durante el tiempo que duró la espera bombardeamos a preguntas a Maite sobre el hotel. Mi amiga no era novata como nosotras, venía todos los veranos a trabajar durante las vacaciones y de las tres era la que más calmada estaba.

La puerta que estaba situada tras el mostrador de recepción se abrió y de ella salió un tipo bajito y rechoncho. Resultó ser el encargado. Nos llamó para que acudiésemos a su lado y de inmediato repartió los uniformes de trabajo, pulcramente doblados y metidos en un plástico. Con desagrado, Bego y yo, comprobamos que aquel hombre tenía tendencia a escupir cuando hablaba y en su cara no llegó a aparecer el más mínimo amago de sonrisa en todo el tiempo que duró la charla.

—Hola María Teresa, me alegro de volver a verte por aquí —saludó éste a Maite.  Estrechó su mano con rapidez y acto seguido se la limpió contra el pantalón, como si mi amiga pudiese pegarle alguna extraña enfermedad con su contacto. Después miró en nuestra dirección—. Begoña Alcántara Sánchez y Miriam Álvarez Moreno, ¿verdad? — pronunció nuestros nombres y asentimos en silencio—.Os encargareis, junto con otros seis empleados más, de servir el cóctel y la posterior cena. Después de que acabéis de dejar el salón recogido os encargareis, en turnos de dos en dos, de atender cada noche las llamadas que puedan hacer los huéspedes a la recepción para pedir lo que necesiten, ¿está claro?

Asentimos las tres a la misma vez.

—Cualquier duda que tengáis no dudéis en preguntársela a ella —señaló a Maite.

Tras la primera toma de contacto, y de haber acabado bañadas por sus babas, nos llevó a conocer el hotel. Nos enseñó la cocina, el salón comedor y los cuartos donde se guardaban los botiquines de emergencia y los productos de limpieza.

—En estas tres estancias de aquí… —dijo el hombrecillo señalando con el dedo índice—, en el gimnasio, el casino y la sala de juegos, no se permiten bebidas ni comida, así que no hace falta que os las muestre pues aquí no vais a llegar a entrar.

La visita terminó justo donde comenzó, en el hall. Antes de dejarnos marchar terminó con las explicaciones pertinentes.

—Debo recordaros que debéis aprender de memoria la información de los folletos donde se enumeran las distintas opciones de entretenimiento de las que disponemos —enseñó el folleto y señaló la parte que debíamos saber—. También recordaros que en el complejo hotelero Atlántida se hospedan personas muy importantes, con un alto poder adquisitivo. Debéis complacerlos en la medida de lo posible, no llevarles la contraria y lo más importante: queda terminantemente prohibido cualquier relación entre los trabajadores, y muchísimo menos con los huéspedes. Por último informaros que no se pueden usar las instalaciones destinadas a los clientes, ¿entendido?

 Asentimos al mismo tiempo por decimonovena vez. Sin nada más que decir el hombre se retiró y al fin pudimos regresar a nuestra habitación y deshacer las maletas.

Varias horas después todavía seguíamos en el dormitorio repasando el dichoso folletito, para intentar  que se nos quedase grabado en la memoria.

—El complejo hotelero Atlántida le ofrece unas avanzadas instalaciones y actividades de lujo para su disfrute. Podrá degustar una variada gastronomía local e internacional en nuestros buffets y restaurantes temáticos. Buceo, golf, pádel, tenis o futbol en césped son algunas de las actividades deportivas que podrá practicar además de disfrutar de las instalaciones acuáticas. Relájese en la peluquería, en el centro de belleza o en el gimnasio. Disponemos de cibercafé, sala de juegos…¿Qué más? —me mordí el labio intentando recordar lo que seguía—. ¡Joder, no voy a conseguir aprendérmelo nunca!

—…una gran variedad de espectáculos, discoteca, música y casino —terminó Maite de recitar de memoria lo que me faltaba—, sólo te queda nombrar eso, ya casi lo tienes.

—¿Y no sería más fácil darles un folleto a las personas que pregunten? —sugerí con exasperación—. Seguro que cuando tenga que decirlo se me ha olvidado.

—Más te vale aprenderlo si no quieres una regañina cargada de babas del encargado —me advirtió Maite sonriente.

Del cuarto de baño salió una sonora maldición.

—¡Chicaaaaas! ¿Habéis visto el uniforme? —gritó Bego desde el aseo.

Cuando la vi salir ataviada con él comencé a reír. Estaba compuesto por una horrible camisa blanca, con botones hasta la mitad del cuello, una falda negra que llegaba por debajo de las rodillas y zapatos negros planos.

—Pareces una monja…—dije sin que la sonrisa abandonase mi cara.

—Y todavía me falta esto por ponerme —levantó la mano y nos enseñó un pequeño delantal blanco, con el borde de puntilla y tres bolsillitos —. Si mi Pichurrín me viese con esto puesto no se lo creería, es horrible.

Miramos a Maite, que se divertía al ver nuestra expresión.

—A mí no me miréis así, esto es cosa del hotel.

—Yo no salgo de aquí vestida así —exclamó Bego consternada.

—¡No es para tanto! Qué exagerada por Dios…nadie se va a fijar en nosotras, somos las camareras.

Bego y yo compartimos un cruce de miradas. En la bonita cara de mi amiga se reflejaba la aprensión por llevar esas prendas. Bego era una “fashion victim”, siempre iba vestida a la última y jamás se ponía ropa que no hubiese pasado por su feroz criterio. Pero Maite no tenía la culpa de que en el hotel nos hicieran ponernos aquello y gracias a ella ahora teníamos trabajo.

—Míralo por el lado bueno  —le dije a mi amiga con la esperanza de que olvidase aquellos horribles uniformes—. Hubiera sido peor si nos hubiesen puesto pantalones largos, hace mucho calor.

—Bueno, eso es verdad….pero feos son un rato —continuó algo más convencida por mis palabras.

—Ya veréis como os acostumbráis rápido a él —dijo Maite guiñándonos un ojo con complicidad—. Ven aquí, Bego, te voy a poner el delantal.

Cuando lo hizo y vimos su aspecto final estallamos en carcajadas. Desde luego nadie nos confundiría con las cigarreras del Moulin Rouge.

Maite y yo nos pusimos el uniforme cuando quedaban veinte minutos para  que empezase nuestra primera jornada laboral en aquel complejo hotelero. Recogí mi cabello en una coleta, me calcé aquellos feísimos zapatos y salimos de la habitación las tres juntas para acudir a nuestro puesto de trabajo.

 En la cocina nos esperaban una decena de mesas repletas de canapés y champagne. Aparte de nosotras, para servir esa noche en el salón, también se encontraban allí el resto de los camareros.

A las nueve en punto comenzaron a llegar los primeros huéspedes. Casi todo eran parejas, aunque de todo tipo de edades. Vestían impecablemente, con trajes muy elegantes y preciosos vestidos con puntillas y pedrería. Si lo que pretendía el hotel era que no les quitásemos protagonismo con nuestros uniformes lo había conseguido. A nuestro lado aquellas personas brillaban con luz propia.

En apenas diez minutos todos los huéspedes hicieron acto de presencia en el salón por lo que estuvimos tan atareadas que nos fue imposible comentar nada. Repartí el último canapé y me dirigí a la cocina a rellenar la bandeja. Allí me encontré con Bego que volvía a reponer la suya de copas con champagne. Me coloqué a su lado y cuando me aseguré de que no había nadie más a nuestro alrededor le susurré con disimulo:

—¡Qué gente más estirada!

—Ya te digo, como si tuviésemos que darles las gracias hasta por estar a su lado —exclamó mi amiga con los ojos muy abiertos.

—El dinero transforma a las personas. Pensarán que son el ombligo del mundo y que sin ellos se acabaría la vida tal y como la conocemos —sugerí con sorna.

—¡Hace un momento un señor me ha llamado mujerzuela!

—¿Si? Pues tienes suerte, a mí lo más bonito que me han dicho esta noche para llamarme ha sido: ¡Oye tú, mesonera!

—Ya entiendo por qué estaba tan bien pagado el trabajo —aseguró Bego mientras asentía con la cabeza.

Un escandaloso chirrido nos avisó de que la puerta de la cocina se abría y no pudimos seguir con nuestra conversación porque en ese momento entró el encargado. Terminé de rellenar la bandeja y me fui antes de que nos viera de cháchara.

Mientras continuaba ofreciendo canapés a los pasajeros, y aguantando sus continuas exigencias, comencé a observar a Maite. Estaba coqueteando descaradamente con un hombre rubio de mediana edad. No tuve ocasión de poder acercarme a su lado pero, por lo poco que pude observarla, me daba cuenta de que parecía estar muy a gusto allí. La veteranía era un grado. No parecía molestarle el trato que nos dispensaba aquella gente, parecía estar acostumbrada e inmunizada a sus desprecios. Así que pensé que lo mejor de todo sería abrir la mente e intentar disfrutar de la experiencia que estábamos viviendo para no pasar esos dos meses frustrada y con ganas de estamparles la bandeja en la cabeza cada vez que nos miraban por encima del hombro.

Una pareja de mediana edad se acercó a mi lado a coger una copa. La mujer me  preguntó por las instalaciones del complejo, se las enumeré sin equivocarme y se marcharon, sin ni siquiera darme las gracias.

Comencé a recolocar las copas en la bandeja para que no estuvieran todas en un mismo lado y continuara teniendo estabilidad, pero fruncí el ceño al sentir una extraña inquietud en el estómago. Alcé la cabeza para comprobar qué era lo que me había provocado aquella sensación y encontré unos misteriosos ojos ambarinos que me observaban desde la distancia. Mis piernas temblaron cuando me fijé en el dueño de aquella mirada. Era un hombre  bastante alto, de cabello negro, piel aceitunada y con una cara armoniosa de duras facciones. Por la forma en la que se le ajustaba la camisa se podía adivinar que era de complexión fuerte, aunque sin llegar a ser el típico chulito híper musculado de gimnasio. En definitiva: un pedazo de tiarrón de los que quitaban el hipo.

Un jadeo escapó de mis labios al comprobar la forma en la que me miraba. Sus misteriosos ojos me recorrían de arriba abajo. Provocaban en mí un intenso calor que hacía que mi cuerpo se incendiase y desease salir hacia el exterior a tomar un poco de aire fresco. Sin poder apartar la mirada de aquel hombre contuve la respiración cuando me dedicó una sensual sonrisa y alzó la copa que llevaba en la mano en un brindis. Con rapidez giré ciento ochenta grados y me alejé hacia otro lugar con el corazón latiéndome contra el pecho como loco. No entendía por qué actuaba así, simplemente me había sonreído…pero esa sonrisa había conseguido despertar en mi interior abrasantes sensaciones.

Decidí no mirarlo más e intentar serenarme. Mientras continuaba repartiendo champagne mi cabeza, provista con vida propia, dobló para volver a observarlo, pero ya no me miraba, estaba hablando con el grupo de personas de su alrededor. En ese momento llegó una preciosa mujer rubia a la que agarró por la cintura y besó en los labios. Tenía pareja. Arranqué a esos preciosos ojos ambarinos de mi cabeza y continué con mi trabajo, eso sí, obligándome a no mirar ni una vez más hacia aquel grupo de personas.

Una vez que todos los pasajeros cenaron y abandonaron sus sillas cerramos las puertas correderas que separaban el comedor del hall. Nos tocaba recoger las mesas y barrer el suelo.

Después de casi dos horas por fin pudimos dar por finalizada la tarea. Bego y yo  nos dirigimos a ocupar nuestro siguiente puesto de trabajo detrás de la barra de recepción, para atender las posibles llamadas de los huéspedes desde las habitaciones. Tras una breve explicación de Maite, sobre el funcionamiento de las líneas telefónicas y el posterior procedimiento para encomendar los pedidos al barman o al cocinero, se despidió de nosotras porque su jornada laboral había terminado por esa noche.

—¿Seguro que lo entendéis todo bien? —repitió la susodicha por tercera vez.

—¡Que sí pesada, no te preocupes! —dije con una sonrisa.

—Pues entonces me voy ya que me están esperando.

—¿Te esperan? ¿Quién, si puede saberse?

—Un superhéroe al que he conocido en el cóctel —contestó con una sonrisa pícara en los labios. Nuestra amiga llamaba a todos los hombres guapos de ese modo y como ya estábamos del todo acostumbradas a ese término no nos extrañó—. ¡Cómo está de bueno el colega!

Le sonreí a su vez. Tenía que ser el hombre rubio con el que la había visto coqueteando. La verdad es que aquel tipo no estaba nada mal y sabía que Maite no era de las que dejaban escapar las oportunidades.

—¡Pero tú estás loca! —exclamó Bego tapándose la boca con una mano—. ¡Cómo te pille el encargado te vas a cagar! Salir con huéspedes está prohibido.

—¿Salir? ¡No voy a salir con él! Pero algún que otro revolcón seguro que habrá…—dijo entre agudas risillas.

—Más te vale llevar cuidado para que no te vean —la aconsejé. De sobra sabía que cuando a Maite se le metía algo en la cabeza no había nada ni nadie capaz de pararle los pies.

—Maite, por Dios, no hagas locuras que te estás buscando una sanción. Lo mejor es que vuelvas nuestra habitación —insistió Bego.

—¡Y una mierda! Que le den al encargado, yo quiero pasármelo bien que la vida son dos días. —Nos lanzó un beso con la boca y comenzó a andar hacia el jardín para encontrarse con su cita—. No me esperéis levantadas.

Cuando giró por el pasillo y la perdimos de vista Bego y yo nos miramos en silencio. Mi amiga tenía cara de preocupación, de las tres era la más sensata y responsable.

—No te preocupes —la intenté tranquilizar posando una mano sobre su hombro—, Maite sabe lo que hace.

—Yo que tú no estaría tan tranquila. Es tía piensa con la polla, aunque no tenga.

Solté una carcajada ante la contestación de Bego.

—¡Relax! Piensa que lleva haciendo lo mismo muchos años y no la han pillado…

Me observó negando con la cabeza y suspiró.

—Esperemos que la suerte la acompañe.

—¡Wooow! Eso ha sonado a película —me burlé de ella para intentar que sonriera y dejara de preocuparse—. Anda, vamos a trabajar, que nos queda toda la madrugada por delante.

La noche fue bastante tranquila, apenas hubieron quince llamadas para utilizar el servicio de habitaciones. A las ocho en punto de la mañana dos guapísimas jóvenes ocuparon nuestros puestos y pudimos por fin marcharnos a dormir. Al llegar a nuestra habitación nos percatamos de que Maite ya estaba en su cama, nos acostamos y en cuestión de segundos caímos agotadas por el sueño.